Murcia, qué en medio estás

En una de las esquinas de España (no está muy claro en cual, pues los expertos divergen) existe un territorio al que, en verano, acuden los madrileños para bañarse en la playa. Eso, amigos, se llama Murcia.
Si bien en la aclamada Wikipedia (te alabamos, oh señor) cuando se habla de la actual bandera de la Región de Murcia se le dedican muy buenas palabras, en Ad Absurdum tenemos un par de cosas que decir. 

File:Flag of the Region of Murcia.svg
La susodicha bandera
La bandera es bien compleja, ¿no es así?
Los oriundos estarán bien informados. Las siete coronas (bien presentes en la vida diaria de los murcianos) simbolizan los sucesivos privilegios otorgados por la corona castellana al Reino de Murcia (sí, hubo tal cosa, y hasta hace relativamente poco, en 1833).
El problema está en los cuatro castillos. No mucha gente tiene claro qué significan.
Pues bien, en ellos reside el verdadero misterio del ser murciano. El murciano, ante todo, se distingue por no distinguirse. Cuando murió Franco y corrió el champán de las autonomías, en Murcia unas cuantas cejas se alzaron (¡OJO! En Madrid el efecto no fue menor). Mientras que en otros lares de España tenían muy claro qué símbolos querían, quienes eran, en Murcia los historiadores se miraron el ombligo.
¿Qué distinguía a Murcia?
En los últimos siglos, pues más bien nada. Un obispo más dado a la espada que al santoral por aquí. Oh, mira, el conde de Floridablanca. Pero, ¿qué iban a hacer, cascar su jeta en la bandera?
La bandera que pudo ser
Miraron más atrás. Al Medioevo tan aclamado en España, ¿la cuna de nuestro ser? ¿Qué sería de España sin esos espadachines que ahora cortaban gargantas de musulmanes y ahora cabezas de sus primos leoneses, castellanos, aragoneses... ¡o el que se pusiera por medio!
Al caso, que nos vamos de tema. Murcia, durante unos cuantos siglos y hasta el jaque mate de los Reyes Católicos, estaba en medio. En medio de ninguna parte. Era un erial, vamos. Tanto, que se instaba a criminales a ir a Murcia a vivir a cambio de conmutar sus penas. "Mata al rey y vete a Murcia", que se sigue diciendo hoy en día.
Vivir en Murcia no era divertido, pues el territorio era fronterizo. Fronterizo con la corona de Aragón, fronterizo con los territorios granadinos y, por si fuera poco, tenía mar. Las incursiones para saquear fueron constantes, así que lo mejor de cada casa podía venir a poblar estas tierras a cambio de defenderlas.
No en vano, antes existía un término, "murciar", sinónimo de ladroneo. Por otra parte, en unas Ordenanzas Militares de Carlos III se enumeraban oficios deshonrosos incompatibles con la nobleza del manejo de las armas con la siguiente cantinela: "y murcianos y demás gentes de mal vivir. Y nada más".
Hoy en día, sólo los imbéciles te salen con esos argumentos. Pero siempre los ha habido, y hay que aprender a no degollarlos.
Castillos. Eso, castillos. El caso es que, tras mucho pensar, se llegó a la conclusión de que, definitivamente, lo que determinaba a Murcia era su indeterminación, su esencia creada con respecto a lo de fuera más que a lo de dentro, su situación de territorio entre territorios, de lugar en medio de lugares. De ahí los castillos, testigos de las fronteras, símbolos a la vista de todos que simbolizan la falta de símbolos de las tierras murcianas.
O eso dice la bandera, señoras y señores.

BIBLIOGRAFÍA
  • MOYA DEL BAÑO, F. "A propósito de "la leyenda" del escudo de la ciudad de Murcia"
  • Pérez y Gómez, A. Reivindicación Murciana.

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