Emprendedor a lo bestia: John D. Rockefeller

Amancio empezó cosiendo balones en Bangladesh, Emilio se hizo a sí mismo y Rockefeller empezó vendiendo pavos. Ja, ja, ja. Oh, espera, lo último es cierto.

La cara de un emprendedor

En esta época en la que parece que los valores que queremos transmitir a las nuevas generaciones consisten en que si alguien ha ganado más dinero que tú es que ES MEJOR QUE TÚ, nosotros venimos a hablar de John D. Rockefeller. Porque si la cosa va de dinero, este gana a todos (menos a Marco Licinio Craso, que de aprovecharse de los desgraciados para hacerse rico sabía más que nadie, pero de liderar ejércitos poco).

La cara de un emprendedor... ya mayor.
(Caricatura de Rockefeller de 1901 en la revista Puck)


Pero vayamos al señor John D. Rockefeller, analicemos a este incipiente emprendedor que se convirtió en el primer milmillonario del planeta tras crear la todopoderosa petrolera Standard Oil.
Nacido en 1839, una de las curiosidades que se suelen señalar de sus inicios es que se dedicó a criar pavos y a venderlos en fechas tan señaladas como la Navidad. También probaba suerte vendiendo patatas y dulces. Todo un portento empresarial en ciernes.
Protestantes hasta la médula, su familia le inculcó que lo importante era el trabajo. De hecho, su padre, William A. Rockefeller les aconsejaba a él y a sus hermanos: “trade dishes for platters”, es decir, que siempre intentasen llevarse la mejor parte en cada trato. Además, también decía que solía engañar a sus hijos siempre que podía, ya que así “los hacía más astutos”.
Claro que el bueno de Bill también era un estafador que engañaba a la gente vendiendo elixires fraudulentos (aunque en distintos lugares como Wikipedia lo definan con los amables sinónimos “empresario” y “vendedor”) y demás patrañas. 



También tuvo que mudarse junto con toda su familia para evitar un juicio por violación a punta de pistola, tuvo una segunda esposa secreta, ejerció como “doctor” con nombre falso...
Todo un buen ejemplo, pero no hemos venido a hablar del padre. Aunque con ese tipo de enseñanzas, no es de extrañar que John tirase de artimañas empresariales cada vez que lo necesitase.
Trabajó primero como contable, después en una empresa de transporte de grano e incluso hizo inversiones en café. Aunque se supone que dijo “No trabaje por el dinero, deje que el dinero trabaje por usted”, este señor no pensaba en otra cosa, no vivía para otra cosa.
El petróleo fue lo que le hizo rico a más no poder, y no porque tuviese especial olfato, sino porque uno de sus socios, Samuel Andrews, presentó el proyecto a los asociados. Al principio Rockefeller receló, pero después cambió de opinión y se convirtió en un obseso del petróleo. Es decir, que tampoco es que tuviera un olfato empresarial de la hostia.
En 1870 fundó Standard Oil, su compañía estrella, con la que pronto echó una mano al cuello de sus rivales. “La competencia es un pecado, por eso procedemos a eliminarla”, decía el bueno de John, al que le parecía muy bien el mercado siempre que lo controlase él mismo.


Standard Oil va a por la Casa Blanca después de tomar el Capitolio

Un angelito. Standard Oil se convirtió en una empresa potente, pero había competidores. Para hacerse con todo el negocio y eliminar la competencia, diseñó una estrategia: “Vamos a comprar todos las refinerías de Cleveland. Les daremos a todos la oportunidad de incorporarse…Los que se nieguen se hundirán. Si no nos vendes tu propiedad, se hundirá”.
Pasó por encima incluso de su hermano, que desde 1898 hasta su muerte en 1917 no le habló debido a desavenencias empresariales, y ya desde 1880 Standard Oil controló el 90% del petróleo de EEUU.


"Compradlo, chicos", la infalible estrategia de Rockefeller.
«El Sr. Rockefeller ha jugado sistemáticamente con dados cargados y es muy dudoso que haya habido una sola ocasión, desde 1872, en que haya participado en una carrera con un competidor y jugado limpio desde la partida», escribió Ida Tarbell, que desveló las guerras de precios, sobornos, extorsiones… Rockefeller hacía lo que hiciera falta para quedarse solo.
En el año 1890, el Congreso de EEUU promulgó la Ley Sherman Antitrust, una famosa ley antimonopolios, y dos años más tarde, la Corte Suprema de Ohio consideró a Standard Oil una empresa que estaba violando la ley.
Pero, como siempre, en la cosas turbias iba un paso por delante. Rockefeller había disuelto la corporación en empresas más pequeñas y permitió que cada una de estas propiedades, bajo su tutela, fuera manejada por otros ejecutivos. Así nacieron ExxonMobil, ConocoPhilips y Chevron.
A partir de 1896 su salud se resintió y dejó las riendas de la compañía. Lleno de remordimientos, empezó a lavar su imagen pública arrojando dinero en todas direcciones. 



Por la red se puede leer la redonda cifra de 500 millones de dólares, que utilizó para financiar todo tipo de instituciones: Universidad de Chicago, el Spelman College, la Universidad Rockefeller, el Museo de Arte Moderno de Nueva York y la propia Fundación Rockefeller.
Era una barbaridad de dinero para el momento, pero no os preocupéis, que los descendientes no sufrieron ninguna penuria, ya que las empresas familiares siguieron amasando dinero hasta nuestros días.

La moraleja es que para ser buen empresario hay que ser un cabrón sin escrúpulos que paso por encima de su hermano, siga los consejos de un padre criminal y no haga ni un negocio sin guerra sucia. El buen capitalismo.
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