¡Alabado sea Churchill y su voz!

Ryszard Kapuściński
Ryszard Kapuściński es un nombre que a mucha gente no le dirá nada, pero que para un periodista o un historiador (especialmente de historia presente) debe sonarle, y mucho. Se trata de uno de los historiadores y periodistas más relevantes del siglo XX, y entre sus obras destaca una por encima de todas: Ébano. En este ensayo, el polaco recopila una serie de relatos sobre su paso por África, y en mitad de esta joya nos encontramos con uno de esos hechos absurdos que tanto nos apasionan.
Ya habíamos hablado en otras ocasiones de extraños cultos como los cultos cargo o el culto a un dibujo animado, pero nunca hasta ahora habíamos hablado del culto a un sonido. Y de esto precisamente es de lo que nos habla Kapuściński en un fragmento de su obra.
Durante su estancia en Zambia, Kapuściński se topó con una tal Leshina, una vendedora de la ciudad de Serenje que según el escritor no destacaba por nada en particular. De mediana edad, sin ninguna característica física destacable ni un talento específico. Sin embargo, tenía algo que le hacía muy distinta al resto: tenía un gramófono y un disco.
En realidad mucha gente tenía estas dos cosas en aquella época, incluso en un lugar tan remoto como Zambia. Pero el disco que ella tenía era especial: era un discurso de Winston Churchill de 1940 con el que el mandatario trataba de motivar a la población inglesa, y animaba a sacrificarse por la guerra. Aunque el disco estaba rayado y deteriorado a más no poder, aún se acertaba a distinguir algunas palabras entre gruñidos y demás sonidos que parecían salidos del averno. Sin embargo esto no era un problema para Leshina y algunos compatriotas.
A veces Leshina congregaba a buena parte del vecindario en su patio y hacía girar la manivela del gramófono para que todo el mundo escuchase aquel disco. Aquel sonido parecía tener algo mágico para aquella gente, pero no acertaban el qué. La explicación la tuvo que dar la propia Leshina: aquella era la voz de Dios, y la vendedora zambiana era su intérprete, elegida por la divinidad como su mensajera y portavoz. Estaba clarísimo.
El caso es que el cuento coló, y cada vez más personas acudían al patio de la señora. El culto fue tomando forma, y apareció toda una serie de rituales vinculados a la adoración de la voz de Churchill. Incluso se llegó a construir un templo de arcilla en mitad de la selva en el que se reunían todos los fieles a la nueva religión. En cada oficio religioso, la voz de Churchill sumía en trance a muchos visitantes. Incluso Leshina comenzó a ser adorada por su papel de portavoz e intérprete de Dios.
Churchill pronunciando un discurso.
Sin embargo, el negocio le duró poco: los ecos de las voces de Churchill llegaron a las altas esferas zambianas, y el propio presidente, Kenneth Kaunda, decidió tomar cartas en el asunto. Y claro, esto es África (waka, waka), y las cosas se hacen a lo grande: envió al ejército para poner fin a este culto a base de tiros. Varios cientos de personas, según Kapuściński, fueron asesinadas. Y el gran templo de arcilla construido en la selva fue reducido a un montón de polvo gracias a las salvas de los tanques.
Y así acabó uno de los cultos más originales que conocemos, el culto a una voz. Y no a cualquier voz, sino a la voz de Winston Churchill, considerado como una especie de semidiós por los ingleses, pero mucho más por los zambianos.
Por cierto, la voz de Churchill se ha usado en numerosas ocasiones, sobre todo en la música, siendo dos de los ejemplos más conocidos el mítico Aces high de Iron Maiden y la no menos mítica Fool's overture de Supertrump.


  • Kapuściński, Ryszard (2000). Ébano. Barcelona: Anagrama.

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