Cómo por un mal pronto se acabó destruyendo Persépolis

¡Hola otra vez! Somos Las plumas de Simurgh y estamos más que encantadas de poder encontrarnos de nuevo en la casa Ad Absurdum. Siempre es un placer acompañar a estas magníficas cabezas pensantes, y disfrutamos tanto con cada artículo que prácticamente le damos mil vueltas de tuerca a la Historia con la que nosotras trabajamos, a ver con qué podemos ofrecernos colaborar.
¿Quién me ha afeitado la cabeza mientras estaba dormido?
Así nadie se va de buen humor a ninguna parte.
Hoy os traemos la historia de un cabreo. Efectivamente, habéis leído bien. La historia de cómo dejarse llevar cuando uno echa humo por las orejas no es la mejor idea. Las consecuencias pueden ser fatales.
Irse a la guerra de buen humor es, por qué no decirlo, raro. Solo pasa cuando tienes extremadamente claro que vas a ganar, y eso probablemente fue lo que le pasó a Xerxes cuando, en un ataque de absurdez, decidió levantar al ejército de madrugada al grito de “arriba todo el mundo, que mañana conquistamos la Hélade”. Que el plan no estaba demasiado elaborado y que la campaña no se podía pagar quizá os lo contemos otro día; el caso es que se veía venir el desastre de lejos. Lo que no se imaginaba nadie era lo grande que iba a ser esta metedura de pata.

Total, que los persas cogieron el montante y se fueron para Grecia. Aquí es cuando nosotras nos liamos a bofetones con todos aquellos que no sepan que “300”, además de una película de filtro dorado, es la adaptación de una novela gráfica, y que tiene de histórico pues que el protagonista, por aquella casualidad, se llama Leónidas. Pero ni Xerxes era una mamarracha calva que medía tres metros, ni los Inmortales llevaban máscaras Kabuki, ni, obviamente, había engendros cosidos al más puro estilo Frankenstein entre las filas de la tierra de Fars. Que no, y punto.
Señores, ESTE es Xerxes.
¿En qué estaban pensando los de “300”
para quitarle todo ese pelo de un plumazo?
El caso es que, como bien nos han contado los abdominales teñidos de sangre de Gerald Butler aka Leónidas, los espartanos (que lo mismo eran más de trescientos, habría que volver a pasar lista) les tocaron mucho las narices a los persas, que no solo los barrieron del mapa de manera brutal y sangrienta, sino que llegaron a entrar en Atenas y a someterla. Dicho sea de paso, no era la primera vez. Los persas se abrieron camino hasta la capital de la Hélade apartando a los griegos prácticamente a collejas. Porque Xerxes estaba muy, pero que muy enfadado.
Cuando el rey de reyes se colocó a las puertas de Atenas y les dijo que se rindieran ante el verdadero poder, los de Pericles debieron de contestarle algo así como “entra tú si tienes bemoles”. Lo cual terminó de hincharle la vena del cuello a Xerxes. Si tenemos en cuenta que esos mismos chulos que se estaban resistiendo habían sido los encargados de matar a Darío, su señor padre, y que a pesar de no ir ganando la Segunda Guerra Médica (los medas son los persas, aunque a muchos hubo que mandarlos después al hospital) persistían en su dar por saco y no les daba la gana rendirse, Xerxes debió de decir “hasta aquí hemos llegado”.
Así que después de soltar a sus salvajes por Atenas, en el súmmum de su monumental cabreo y con la Acrópolis entre ceja y ceja, gritó “ahora os vais a cagar, ¡dadme un mechero!”. Vamos, que le prendió fuego a la ciudad entera, enterita. Acrópolis incluida.
La leña en cuestión
¿Pero qué pasa? Pues que como todos los demás, Xerxes no era nadie después de un enfado, y prácticamente al momento se dio cuenta de lo que acababa de hacer: cargarse la imagen de tolerancia, respeto y buen rollo por la que siempre habían sido conocidos los persas. Qué mal pronto. La reacción tardó en llegar; queremos decir que lo que debió de ocurrir fue que el rey de reyes echaría las manos arriba y correría en círculos diciendo “la que acabo de liar”.
¿Esto? Sí, “esto” es lo que Alejandro dejó de Persépolis.
Y lo pilláis en el día en que han pasado la escoba.
Y vaya si la lió. La lió tanto que, claro, años después Alejandro Magno se tomó la justicia por su mano y entró en Persépolis montado en una excavadora. Y así la dejó. Que uno tiene que echarle mucha imaginación (de esa que tenían los de “300”) para imaginarse que allí estuviera una vez el palacio de una de las dinastías más poderosas de la Historia, la residencia Aqueménida. Gracias, Colin Farrell.
La diferencia es que, después de apagar el incendio, Xerxes envió a artesanos y arquitectos para reconstruir Atenas y, básicamente, arreglar el estropicio. Que uno se va a la guerra, pero después recoge. El Magno poco más que le dio una patada a las piedras de la Apadana y se fue a Babilonia a saludar desde el balcón, que era al fin y al cabo lo que había querido siempre. Pero eso igual también os lo contamos otro día.

¡Recuerdos desde Hom!




En colaboración con Ad Absurdum:

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«Y cuando estemos muertos, no busques nuestra tumba en la tierra, sino en el corazón de los hombres». 
Rūmī (1207-1273)

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