La toma de Sevilla, la gran chapuza de la Guerra Civil

Gonzalo Queipo de Llano (1875-1951), teniente general de Caballería del ejército español, autor de una de las hazañas más chapuceras y tristemente exitosas de la Guerra Civil Española.

Nos trasladamos a una de las jornadas más trágicas y trascendentales para la historia de España: el 18 de julio de 1936. Desde África, un grupo de militares se alzaba contra el gobierno legítimo de la República Española en un nuevo golpe de estado. Para garantizar el éxito del golpe, los soldados sublevados debían asegurarse de que, al menos las plazas militares más fuertes de la península, se sumaban a su causa. Sevilla era una de esas plazas, y sin embargo estaba claramente de parte del gobierno republicano. Para asegurarse de que la capital andaluza se unía a la reacción, el bando sublevado envió a Queipo de Llano a la ciudad con un plan para rendirla, pero lo que nadie se esperaba es que él solo (o prácticamente solo) fuera capaz de hacerlo.
La noche antes del golpe, Queipo de Llano, que nunca antes había estado en Sevilla, se trasladó a las afueras de la ciudad, donde esperaba reunirse, tal y como se le había informado, con 1500 falangistas comandados por un torero apodado "El Aljabeño". Según el plan, esto sería suficiente para rendir la ciudad en unas horas. Sin embargo, aquel encuentro no tuvo lugar. A la mañana siguiente, Queipo tomó las riendas de la situación y, en compañía de solo tres soldados, se dirigió al puesto de mando sevillano. Cuatro soldados contra una ciudad con más de cuarto de millón de habitantes por entonces.
Al llegar al puesto de mando, Queipo, que por entonces no era más que un mero inspector, ordenó a los oficiales que se rindieran, informándoles de la supuesta rendición del resto de ciudades andaluzas. Los oficiales, que no tenían noticia de aquello, visiblemente confusos y dubitativos, accedieron. De esta manera, los soldados que acompañaban a Queipo, encerraron a los oficiales en un cuarto sin cerrojo, y quedaron montando guardia en la puerta mientras el improvisado oficial se trasladaba al cuartel de infantería de la ciudad.
Completamente solo, Queipo de Llano llegó al cuartel de artillería, en cuyo patio encontró a 130 hombres en formación frente a un coronel. Nada más llegar, lo primero que hizo fue felicitar a la tropa por "haberse sumado al levantamiento". De nuevo la confusión se hace patente. El coronel informó a Queipo de que no había existido tal adhesión, que sus soldados seguían siendo fieles a la República, a lo que el solitario responde con una conversación en privado con el mismísimo coronel. Muy convincente sería el vallisoletano o muy ingenuo el andaluz, cuando tras unos minutos de encierro en un cuarto, el coronel salió despojado de su mando y "habiendo entrado en razón". 
Queipo de Llano regresó al patio para felicitar a la tropa por su anexión al golpe. En mitad de la confusión, se presentaron en el cuartel 15 falangistas voluntarios dispuestos a ponerse a las órdenes del inspector. La tropa de infantería se dividió en dos bloques, de los 130, 76 decidieron aceptar ponerse bajo el mando de uno de los soldados que Queipo había dejado en el puesto de mando vigilando a los oficiales, mientras que los que permanecieron fieles a la República, fueron "arrestados".
A partir de este punto, todo queda en manos de la imaginación y de una estrategia de marketing barata pero efectiva. Los poco más de 90 soldados comienzan a recorrer las calles de Sevilla divididos en tres grupos. Mientras 70 soldados rendían instituciones y organismos como el ayuntamiento (vigilado por 60 guardias municipales) o el Gobierno Civil (protegido por 150 guardias de asalto), el resto de la ciudad fue sometida a un engaño cuyos promotores fueron 20 soldados y 15 falangistas. 
El pequeño grupo fue montado una y otra vez en tres camionetas que recorrieron las calles de la ciudad informando por megafonía de que Sevilla había sido rendida. Repetían el mismo recorrido varias veces en pocos minutos para que los ciudadanos tuvieran la sensación de que las calles habían sido tomadas por un enorme ejército. Los mismos soldados recorrían una misma calle en coche y a pie para hacer creer que en lugar de 20 eran cientos o miles soldados que habían llevado a cabo la toma de Sevilla.


No sabemos si en algún momento los sevillanos fueron conscientes del engaño, pero en cualquier caso, para cuando pudieron ser conscientes, la ciudad ya había sido efectivamente tomada por el bando sublevado con la seguridad de un inspector y tres soldados, sin la necesidad de contar con un torero y 1500 falangistas. Claro está que la toma de Sevilla no fue tan sencilla como lo aquí relatado, obviamente los combates se sucedieron en los días siguientes, y la represión con Queipo de Llano al mando fue algo más que brutal, pero fue precisamente lo logrado en aquella primera jornada lo que definió la entrada de Sevilla en el bando sublevado. En cualquier caso, tal hazaña le valió a Queipo de Llano su nombramiento como "Jefe del Ejército del Sur", el sobrenombre de "Virrey de Andalucía" y el título de "Hijo Predilecto de la ciudad de Sevilla". En la actualidad, el inspector que nunca había estado en Sevilla, se encuentra enterrado en la Basílica de la Macarena, y el poeta José María Pemán, se refirió a su persona en un poema como "la segunda Giralda". Sin embargo, otro poeta andaluz, Rafael Alberti, no lo tenía en tan alta estima, y le dedicaba estos otros versos:

¡Atención! Radio Sevilla.
Queipo de Llano es quien ladra,
Quien muge, quien gargajea,
Quien rebuzna a cuatro patas.
¡Radio Sevilla, señores!
Aquí un salvador de España.
¡Viva el vino, viva el vómito!
Esta noche tomo Málaga;
El lunes tomé Jerez;
El martes, Montilla y Cazalla (…)


  • SALAS, N. (1992): Sevilla fue la clave: república, alzamiento, Guerra Civil (1931-1939), ed. Castillejo.
  • ORTIZ VILLALBA, J. (2006): Del golpe militar a la Guerra Civil: Sevilla 1936, Ed. RD Editores.

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