¡Por los clavos de Cristo! Pero, ¿cuántos eran?

«¡Por los clavos de Cristo!». Seguro que alguna vez has escuchado esta expresión que se utiliza para indicar sorpresa. Y seguro que más de uno la utilizó el día que vio arder la catedral de Notre Dame de París, y no solo por la sorpresa del incendio, sino porque allí se guardaba uno de los clavos que supuestamente habrían sujetado a Cristo en la cruz.
Afortunadamente para los coleccionistas de reliquias el clavo en cuestión se salvó, pero ¿qué habría pasado si se hubiera perdido? ¿Cuántos quedarían? ¿Dos, tres, cuatro?
Esto, que parece una auténtica estupidez, en realidad ha sido objeto de debate a lo largo de siglos. Porque, ¿con cuántos clavos crees que fijaron a Cristo en la cruz?
Cristo crucificado, por Velázquez.
Si acudimos a la iconografía cristiana veremos que cada artista ha hecho su propia interpretación: en uno de los cuadros más conocidos, Cristo crucificado de Diego Velázquez, nos presenta a un Cristo con los dos pies clavados por separado sobre un suppedaneum o smraendum, es decir, sobre un soporte o reposapiés. De ser así, hablaríamos de cuatro clavos empleados en el cuerpo de Jesús. Ahora bien, si acudimos a la representación de otros artistas, como las tallas de nuestro compatriota murciano, Francisco Salzillo, encontramos a un Cristo que cruza las piernas y que con un solo clavo une los dos pies. Es decir, hablaríamos de tres clavos en total: dos para las manos y uno para los pies.
En otras representaciones ni siquiera aparecen clavos, sino que el cuerpo es fijado en la cruz a través de cuerdas, a veces con clavos y cuerdas combinados, pero otras tan solo con cuerdas. Pero según algunas versiones de la Biblia, en el Salmo 22, se ponen en boca de Cristo las palabras «Me ha cercado una banda de malvados; ¡me tienen rodeado, como perros! ¡Han taladrado mis manos y mis pies! Puedo contarme todos los huesos mientras ellos se regodean al verme». Además, cuando Santo Tomás duda de [alerta: spoiler] la resurrección de Cristo, Jesús le pide que meta los dedos no solo en su costado, sino también en sus manos. De modo que daremos por buena la versión de los clavos.


¿Que no me han clavado en la cruz? Te digo yo a ti que sí.
Aceptada la teoría de los clavos, una cosa que debemos señalar es que casi todas las representaciones se equivocan al situar el clavo en la palma de la mano. Médicos,  anatomistas y demás centéficos coinciden en que no es posible tal cosa, pues la palma de la mano no es capaz de sujetar el peso de una persona y se desgarraría a los pocos minutos.
Si has superado esta terrible imagen, quizá te plantees ahora que al estar los pies apoyados sobre ese suppedaneum, la mayor parte del peso lo soportaría ese pedestal. Sin embargo, los médicos que han estudiado el caso descartan que se usara esa pieza, pues habría alargado el suplicio de Cristo, y en realidad murió muy pronto (ayudado, también es verdad, por la lanza de Longinos). En su lugar, los especialistas proponen que los clavos se fijarían a la altura de la muñeca. En cualquier caso, esto no afectaría al número de clavos, que es donde queremos llegar.
Ubicación correcta del clavo
en la mano.
Para saber el número de clavos, en realidad lo que necesitamos saber es cómo era la fijación en los pies, y resulta que tan solo existe una prueba arqueológica que puede darnos esta información: en 1968 un equipo de arqueólogos dirigido por Vassilios Tzaferis  descubrió en el noroeste de Jerusalén la tumba de un hombre que había muerto crucificado. Los restos se dataron entre el año 7 y el 66 d. C. Y no, no estamos diciendo que fuera Jesús, pues de hecho en la tumba ponía que era un tal Juan, pero sí que estaba muy cerca de la crucifixión de Cristo, por lo que las prácticas debían parecerse bastante.
El caso es que el cuerpo conservaba un clavo atravesado en uno de sus tobillos, mientras que en el otro tobillo no había clavo alguno, pero sí la marca de haber sido atravesado con uno. Con esto, los investigadores determinaron que los pies habrían sido superpuestos y atravesados con un único clavo.


Hueso hallado en Jerusalén con el clavo aún atravesado.
Sin embargo, en 1985 las investigaciones se centraron en los restos conservados del clavo, del que el equipo que lo descubrió había supuesto que mediría alrededor de 18 centímetros que no se conservaban en su totalidad. Pero este nuevo estudio determinó que el clavo en realidad medía 11,5 centímetros, es decir, insuficiente para atravesar ambos pies. De modo que los investigadores propusieron una nueva posición que no estamos muy acostumbrados a ver en las representaciones de la crucifixión: que cada tobillo hubiera sido clavado por separado en los laterales de la cruz.


Curiosamente, esta imagen de 2003 de la película El Evangelio según San Juan es una de las que mejor reproducen esto.

Por fin podemos concluir que se trataría de cuatro clavos (aunque ya sabemos que en estas cosas nunca se puede asegurar nada). Ahora, ¿qué pasó con estos clavos?
Según la tradición, a inicios del siglo IV, la madre del emperador Constantino, Helena (más tarde Santa Helena), viajó a Tierra Santa para predicar y dirigir la búsqueda de las reliquias de la pasión de Cristo y otros elementos citados en la Biblia. En su búsqueda, supuestamente se topó con la Vera Cruz, la cruz donde habría sido martirizado Jesús, y aún seguían incrustados allí los clavos.
Según esta historia, en la cruz solo había tres clavos (nos guardamos la posibilidad de la existencia de un cuarto para después), y la santa habría ordenado la fundición de dos de ellos: el primero habría sido incluido en la armadura de su hijo, mientras que con el otro se habría hecho un bocado para el caballo del emperador, de forma que montura y jinete estuvieran protegidos por las reliquias de Cristo. El problema es que bocados realizados con clavos de Cristo se conservan dos: uno en la catedral de Milán y el otro en Carpentras, una localidad al sur de Francia.


Escudo actual de la localidad de Carpentras en el que aparece el bocado del caballo.
O uno de los dos bocados es falso (si no lo son los dos), o el clavo de Cristo dio mucho de sí. Pero en el siglo XVIII la peste asoló la Provenza y la ciudad de Carpentras se salvó, según sus habitantes, gracias a la protección del bocado. Así que Carpentras 1, Milán 0.
Pero, ¿y el tercero? El tercero, supuestamente, también habría sido fundido tiempo después para incluirlo en la Corona de Hierro, la corona que se empleaba en las ceremonias de coronación de los reyes de Italia durante la Edad Media, y que actualmente se encuentra en la catedral de Monza.


Corona de Hierro en Monza. La lámina que se ve en el interior habría sido realizada con un clavo.
Pues ya tendríamos tres, pero te habrás dado cuenta de que al inicio decíamos que en Notre Dame de París se conservaba un clavo, y en este caso sin fundir (aunque un poco más y…). Por eso habíamos reservado la posibilidad de la existencia de un cuarto. Así que con este hacen cuatro.
Pero… espera un momento… ¿no tenemos otro en España? Pues sí, resulta que en el Palacio Real de Madrid se conserva otro supuesto clavo de la cruz de Cristo. ¿Entonces?
Según los forofos de las reliquias, lo que pasa es que Santa Helena se trajo también los clavos con los que se sujetaba el titulus crucis, es decir, el cartel que anunciaba «Jesús Nazareno Rey de los Judíos», en sus siglas en latín «INRI», en lo alto de la cruz.
Así, por ejemplo, se considera que el clavo que se conserva en Colle di Val d'Elsa, una localidad de Siena (Italia), tenía como función sujetar el cartelito. Si el del Palacio Real de Madrid tenía la misma función, ya tenemos más. Y van seis.
Pero es que en Siena no hay uno solo, en la iglesia de Santa Maria della Scala también hay otro. Y van siete.
En Roma, en la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén (¿dónde si no?), encontramos otro. Y van ocho. Y sin abandonar Italia, en Venecia hay otros tres. Y van once.



De nuevo en Francia, en la catedral de Toul, encontramos otro clavo más. Y van doce.
Pero no solo Italia, Francia y España tienen derecho a tener clavos de Cristo, porque si nos vamos a Alemania, en Tréveris (Trier en alemán) encontramos otro clavo. Y van trece. En el tesoro de la catedral de Colonia otro. Y van catorce. Y en la región de Baviera, en la localidad de Bamberg, guardan otro en su catedral. Y van quince. Pero también en la catedral de Essen. Y van dieciséis.
¿Y Polonia? ¿Vamos a dejar a un país tan religioso como Polonia sin su clavo? Por supuesto que no, en el castillo de Wawel, en Cracovia, encontramos otro clavito más. Y van diecisiete.



Podríamos seguir, pero no creemos que sea necesario… si tratamos de volver a aplicar una metodología científica, terminaremos hablando de fraudes y engaños de toda clase en el mundo de las reliquias. Pues, de hecho, algunos de estos clavos han sido examinados y, por ejemplo, en el caso del conservado en Tréveris, los científicos lo han fechado en el siglo X, en torno al año 980. Pero allí sigue expuesto y siendo objeto de oraciones y peticiones por parte de creyentes.
Y es que los defensores de la fe y el poder de las reliquias son incansables, tienen argumentos para todo, incluso son capaces de justificar esto diciendo que es que los clavos se limaron, esa limadura se fundió y, finalmente, se elaboraron nuevos clavos en la Edad Media. También, en el caso del de Polonia, se dice que en realidad original, lo que se dice original, es tan solo un centímetro, que se adhirió al resto de un clavo moderno. Pero ahí persiste el poder de la reliquia en forma de pequeños fragmentos y limaduras.
De hecho, no es ningún secreto que, por ejemplo el bocado de Carpentras fue destruido durante la Revolución francesa, y que el conservado hoy es una reproducción realizada en 1872 que poco tiene que ver con el original. Pero allí sigue siendo objeto de devoción.
Por su parte, la corona conservada en Monza, no se sabe si tiene esa lámina interior hecha con el fundido de un clavo, pero de serlo, el clavo era de plata. Sin embargo, lo que sí se conoce es que no existe documentación previa anterior al siglo XVI que atestigüe tal cosa. Cuando en el siglo XVI se empezó a decir eso, Monza se convirtió en centro de peregrinación, con los beneficios que ello reportaba.

  • Cabezón Marín, C. (2003). Así murió Cristo. Edicel.
  • Gory, G. y Rosikon, J. (2014). Testigos del misterio. Investigaciones sobre las reliquias de Cristo. Rialp.
  • Hermosilla Molina, A. (2000). La pasión de Cristo vista por un médico. Estudio médico-histórico-artístico de la pasión de Cristo según la imaginería procesional de la Semana Santa sevillana. Guadalquivir.
  • López Mato, O. (2010). A su imagen y semejanza. La historia de Cristo a través del arte. Olmo.
  • Lorente Acosta, M. (2007). 42 días. Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Jesucristo. Aguilar.
  • Ropero Berzosa, A. (ed.) (2013). Gran diccionario enciclopédico de la Biblia. Clie.
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1 comentario:

  1. Comentáis "En su búsqueda, supuestamente se topó con la Vera Cruz, la cruz donde habría sido martirizado Jesús, y aún seguían incrustados allí los clavos." No sé si tiene mucho sentido, ya que cuando José de Arimatea fue a buscar el cadáver de Jesús, supongo que lo desclavarían primero; no creo que lo arrancaran de la cruz y dejaran los clavos ahí puestos. Es una suposición. Y en cuanto a los clavos, o se los llevaron de recuerdo o bien se quedaron ahí en el suelo.

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