La guerra contra el mar y sus conchas

El enemigo de Calígula
Una mañana del año 39, varias legiones romanas se concentraban en las costas de la actual Francia aguardando para llevar a cabo el plan de invasión de Britania, que llevaba años resistiendo a los intentos expansionistas del Imperio Romano. Aquella tenía que ser la definitiva: se habían reclutado dos nuevas legiones, nunca antes tantos romanos habían sido movilizados hacia Britania, se habían llevado a cabo obras de ingeniería que garantizarían la victoria, y existía un cuidadoso plan de invasión aparentemente infalible.
Sin embargo la eficacia no dependía tanto del plan en sí, como de un emperador altamente inestable. Así las cosas, esa mañana los legionarios recibieron una orden que, pese a su extrañeza, llevaron a cabo sin rechistar: ¡lanzar sus venablos contra el mar! Las tropas supieron inmediatamente que su emperador, Calígula, había decidido cambiar los planes, pues según él había un enemigo aún más peligroso que Britania: Neptuno.
Calígula, que se creía la encarnación del dios Júpiter, sentía un odio tremendo contra su supuesto hermano, el dios del mar, y aquella mañana, algo había crispado sus ánimos y había decidido declararle la guerra.
Cuando todos los pílums atravesaron el manto de agua salada y se hundieron en las profundidades del mar, no había lugar a dudas, Roma había vuelto a vencer. La segunda orden del emperador fue igualmente clara: la invasión de Britania debía esperar, y en su lugar, los soldados debían llevar a cabo una misión más importante. Miles y miles de hombres cargados con armaduras y cascos recorrieron las playas en busca de otras tantas conchas que serían guardadas en cofres y enviadas a Roma en concepto de víctimas y trofeos de tan gran hazaña.

  • SUETONIO (2007): Vida de los Doce Césares, ed. Espasa Calpe.

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